
El 27 de enero de 2026 se inició en Honduras una nueva etapa política al imponerse las fuerzas democráticas a los socialistas, en unas elecciones tremendamente reñidas y polémicas entre el Partido Liberal y el Partido Nacional, pero que conjuntamente, sumaron suficientes votos para cerrar la administración anarco socialista de Xiomara Castro.
La llegada al poder de Nasry Asfura ha despertado en amplios sectores una expectativa de transformación, estabilidad y reconstrucción institucional en una Honduras dañada por la polarización política, la inseguridad y la incertidumbre económica. El regreso del Partido Nacional al poder, es la oportunidad histórica que los hondureños le dan para instaurar una etapa política distinta a la ocurrida tras cuatro años de una confrontación ideológica y de crisis institucional. Llegan al poder con un mensaje ciudadano claro: priorizar la gestión pública y la ejecución de proyectos por encima de la confrontación política, para enfrentar, una economía con bajo crecimiento económico, una alta informalidad laboral, una migración masiva y una elevada desconfianza para atraer la inversión. Hoy, Tenemos un presidente que no es un novato político. Su experiencia como alcalde de Tegucigalpa le hizo ganar una curva de conocimiento bastante positiva y un perfil idóneo para realizar una administración mucho menos ideológica que la experimentada durante la gobernanza castromelista. Es esa característica la que alimenta una percepción de que, el nuevo presidente, va a priorizar en una gestión pública por encima de la confrontación política. Además, el hecho de que la victoria de los nacionalistas haya sido estrecha, apenas 27 mil votos de diferencia, coadyuva a que la presión le haga demostrar resultados rápidos y concretos. Ante esa fragilidad electoral, la gobernanza nacionalista tiene la oportunidad que le obliga a gobernar, para todos los hondureños y no solo para su base social política. No solamente es la inseguridad y la violencia sus preocupaciones principales. Nasry Asfura, ha heredado un país con profundas debilidades institucionales y una ciudadanía que exige orden, Estado de derecho y lucha contra la corrupción. Debe demostrar capacidad para restaurar la confianza en las instituciones, porque sin confianza, no hay inversión, no hay empleo y, sin empleo, no hay estabilidad social. En consecuencia, la construcción de la esperanza no es ideológica, sino profundamente pragmática. Hay que construir consensos, reducir la confrontación política y promover acuerdos nacionales. Los hondureños necesitamos pasar de la lógica de resistencia que, afanadamente impuso la refundación socialista, a la lógica de reconstruir de nuevo, algo que fue dañado o demolido. El verdadero desafío es reconstruir una gobernabilidad progresiva que le ponga atención a la economía social y solidaria, en la que el bienestar de los menos favorecidos, que son la mayoría de ciudadanos hondureños, se organicen a través de cooperativas, pequeñas y medianas empresas, desarrollando emprendimientos locales con acceso al crédito, a la tecnología y al mercado interno en condiciones equitativas, de modo que la productividad se multiplique desde abajo hacia arriba y no solo desde los grandes capitales. La esperanza que despierta Nasry Asfura es proporcional al tamaño de los problemas que enfrenta.
Honduras no necesita promesas pomposas; pero si resultados visibles. En esta nueva etapa de desarrollo; el nuevo gobierno, tiene que reactivar la economía, mejorar la seguridad, reestablecer la confianza institucional y reducir la polarización. No se ha heredado un país fácil, pero si una oportunidad histórica.



