
La gobernanza democrática hondureña en la actualidad, enfrenta el desafío de concretar la postura pragmática, con resultados visibles que demuestren el avance hacia transformaciones perceptibles en la vida de los ciudadanos. El pragmatismo que pregona el presidente Asfura, es una herramienta idónea para impulsar cambios estructurales, sin sacrificar la estabilidad democrática. Entonces, importa que la ciudadanía no confunda esa postura con oportunismo ni con renuncia a los valores. Por el contrario, la nueva gobernanza democrática debe demostrar una mayor capacidad para poner en marcha acciones estrategias de cambio, estableciendo negociaciones con agentes económicos clave de la economía y con interés por priorizar resultados posibles dentro de las limitaciones institucionales que se enfrentan. Bajo el sistema de dominación política democrático que ahora tenemos, el poder aún es fragmentado y sujeto al sostenimiento del equilibrio político; lo cual significa que, para realizar reformas profundas, se requieren establecer consensos, aceptar ceder en aspectos secundarios y avanzar de forma gradual pero sostenida. Dado que el cambio estructural significa la modificación de los cimientos económicos, sociales e institucionales que perpetúan la desigualdad, la exclusión y el subdesarrollo, no se deben ejecutar medidas superficiales ni reformas cosméticas, pero sí intervenciones que reconfiguren la distribución del poder, los recursos y las oportunidades. Es inadmisible apelar a las imposiciones abruptas o rupturas radicales bajo el nuevo contexto democrático. La gobernanza socialista demostró que por no lograr transformaciones duraderas ni demostrar resultados en los procesos acumulativos, negociados y legitimados socialmente, perdieron el rumbo de la refundación que quisieron instaurar.
Por tanto, el pragmatismo político que pregona el nuevo presidente Asfura, es como un puente entre la aspiración transformadora y la viabilidad institucional. Pues permite traducir proyectos ambiciosos en políticas públicas concretas y alinear voluntades diversas en torno a objetivos comunes. Igualmente, facilita una gobernabilidad que evita la polarización extrema y reduce los costos de implementación de las reformas. Obviamente, que el pragmatismo del presidente Asfura, también enfrenta riegos. Sí se desvirtúa la postura pragmática, puede degenerar en una política sin rumbo, donde la búsqueda de acuerdos sustituye la claridad de propósitos. En otras palabras, el pragmatismo que promueve el presidente Asfura sin una visión lo hará terminar de administrador del status quo en lugar de transformarlo. Por esa razón, el desafío de la nueva gobernanza democrática consiste en equilibrar flexibilidad táctica con firmeza estratégica, es decir, saber negociar sin perder el horizonte de cambio.
En nuestro país, donde nuestra democracia sobrevive con profundas desigualdades estructurales, lograr el equilibrio es particularmente complejo. Las demandas sociales son urgentes, mientras que las capacidades estatales son limitadas y el sistema político fragmentado.
En consecuencia, necesitamos un pragmatismo político que entienda la diferencia entre un gobierno que promete cambios imposibles y aquellos que, paso a paso, logran transformaciones reales. En Honduras podemos ver ilustradas tales tensiones. El pragmatismo democrático, debe realizar un cambio estructural con la capacidad para articular consensos amplios, sin concentrar el poder que puede limitar el alcance de las reformas y caer en la discordancia entre pragmatismo transformador y la practica gubernamental. Es por eso, que el liderazgo en tiempos democráticos no puede recaer en el discurso radical, sino en la eficacia de las decisiones. Necesitamos un pragmatismo político orientado sobre la base de una visión clara de país, que le permita avanzar haciendo cambios estructurales sin dañar la legitimidad democrática. No se trata de contraponerse al ideal pragmático, sino canalizarlo con inteligencia.



