
En Honduras, en donde la política es reducida a propaganda, polarización o una simple competencia electoral, nos conviene recordar que la democracia no consiste en el simple acto de votar, sino que es una forma de organizar el poder bajo limites, controles y responsabilidades. Y cuando aceptamos esa premisa; entonces, estamos reconociendo que el republicanismo ha sido y es nuestra tradición. El poder democrático es legítimo si se basa en la voluntad popular; el republicanismo, por tanto, se encarga de que tal poder no se convierta en abuso. En tanto la democracia nos responde a la pregunta de quién nos gobierna, el republicanismo da respuesta a cómo se debe gobernar. Ambos conceptos no se confrontan, porque son complementarios e ineludibles. La democracia sin un espíritu republicano se degenera en un populismo demagógico popularista. Es decir, en una concepción amenazante de que la mayoría electoral puede hacerlo todo, es decir, controlar jueces, capturar instituciones, oprimir a opositores o alterar reglas para perpetuarse. Sí esto ocurre, entonces el voto deja de ser herramienta de libertad y se transforma en instrumento de dominación.
El republicanismo contribuye con principios básicos, como lo son: la separación de poderes, el imperio de la ley, la alternancia, la transparencia administrativa y la virtud cívica. No se trata solo de ganar elecciones; hay que respetar límites constitucionales. No basta con hablar en nombre del pueblo; también hay que rendir cuentas al pueblo. En nuestro país, se agudizó la crisis política con los socialistas, precisamente porque intentaron separar democracia de republicanismo. No obstante que elegimos gobiernos democráticamente, estos tienden a erosionar los tribunales, el congreso y los organismos de control. Toman una supuesta voluntad popular para concentrar el poder y debilitar las garantías ciudadanas. Nuestra historia política reciente, demuestra que el autoritarismo despótico moderno llegó por las urnas y no por los cuarteles. Por esta razón, nuestra ciudadanía debe madurar y no solo exigir elecciones limpias, sino instituciones fuertes. Hay que defender la libertad de prensa, la independencia judicial y el derecho a disentir. Nuestra república necesita ciudadanos vigilantes, no ciudadanos subordinados agradecidos. El verdadero poder democrático no consiste en mandar sin obstáculos, pero sí gobernar aceptando límites. La grandeza de Honduras no será medida por la fuerza de un caudillo despótico o por la dominación de una oligarquía familiar opresiva, más bien, por la fortaleza y solidez de sus instituciones. En otras palabras, nuestra democracia sin republicanismo cayó en el despotismo electivo y el republicanismo sin democracia cae en un clasismo pedante y vacío. En cambio, unidos alrededor de consensos, contribuimos a edificar una sociedad política más fiable para salvaguardar la libertad y la dignidad humana. Los hondureños, vamos a alcanzar una legitimidad democrática duradera cuando nos sometamos a los limites del republicanismo, es decir, leyes iguales para todos, separación efectiva de poderes, rendición de cuentas y una ciudadanía vigilante. Sin estos contrapesos, la voluntad popular corre el riesgo de convertirse en mandato arbitrario, pero con ellos, en cambio, la autoridad está al servicio público y la libertad deja de ser promesa para convertirse en garantía. O sea, democracia y republicanismo deben caminar juntos.
El gobierno de Honduras no pertenece a caudillo alguno ni a facciones, sino a la nación entera y a su derecho de vivir bajo instituciones justas.



